Aquella frase que Neil Armstrong pronunció al poner un pie en la superficie lunar es más que válida hoy. Luego de muchas piedras en el camino, el sábado pasado finalmente despegó James Webb, el telescopio espacial más grande de la historia, que reemplazará al icónico Hubble: este acontecimiento es, otra vez, un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.
Su construcción y lanzamiento estuvieron rodeados de polémicas y dificultades. En desarrollo desde 1996, los cambios en las tecnologías y algunas cuestiones atmosféricas retrasaron su lanzamiento, que estaba previsto inicialmente para mayo de 2020, luego para marzo de 2021, pero finalmente despegó el sábado. Tiene dos objetivos principales -según difundió la NASA-: por un lado, explorar las primeras edades del universo, es decir, saber más sobre nuestros orígenes; y por el otro, buscar y estudiar exoplanetas similares a la Tierra.
Conociendo el artefacto
“Este telescopio es un largo proyecto que varias veces ha estado suspendido... La última vez, a causa de la covid-19. Es un telescopio mucho más grande y mucho más sofisticado, con una tecnología nueva, y va a estar mucho más lejos de la tierra”, explica a LA GACETA Alberto Mansilla, director del Observatorio Astronómico de Ampimpa. De hecho, su antecesor está más o menos a 400 km de altura sobre la superficie de la tierra, mientras que el James Webb estará a, más o menos, 1,5 millón de km de distancia.
“El James Webb es muy grande comparado con los anteriores que se lanzaron. El Hubble tenía un espejo de mas o menos dos metros y este tiene uno de seis, por lo que se pueden ver cosas mucho más débiles”, cuenta la astrónoma Olga Pintado. Por más “débiles” se refiere a elementos que no se distinguen bien por su lejanía en el espacio y otros que están cerca pero son intrínsecamente débiles. “Este telescopio está diseñado para medir en el infrarrojo, que es una radiación que casi no llega a la superficie terrestre, y permite ver estrellas en formación. También va a hacer otras cosas, como estudiar galaxias y la radiación de fondo”, agrega.
Que novedades traerá
“Como el telescopio trabaja principalmente en lo que llamamos radiación calórica, que es lo que emiten los planetas, una de sus funciones principales va a ser la detección de planetas orbitando otras estrellas y, en lo posible, estudiar la composición química de esas atmósferas”, comenta Mansilla y añade: “hay otra función, que es la de explorar galaxias lejanas, y con eso se espera que se pueda estudiar más la formación de las primeras estrellas del universo. Además, por sus capacidades, está diseñado para buscar si otros planetas muy lejanos tienen condiciones para eventualmente albergar vida, o detectar presencia orgánica en las atmósferas”.
Hay una tarea -quizá menos impactante que la de encontrar vida fuera- más importante para la ciencia que realizará el James Webb. “Va a estudiar estrellas, para conocer su composición química completa -dice Pintado-. Nosotros necesitamos saber todo de una estrella para saber cómo funciona, pero el problema de los objetos celestes es que tienen un tiempo de vida y de evolución bastante largo; nadie ha visto una estrella desde que se formó hasta ni siquiera llegar a la secuencia principal. Y si queremos saber cómo funciona el universo, tenemos que saber cómo funcionan los elementos que lo componen -subraya-; seguramente traiga muchas novedades sobre las estrellas evolucionadas, las supernovas (cuando la estrella explotó, muere, según su núcleo se vuelve a) una estrella de neutrones o b) un agujero negro). No sabemos qué pasa con todo ese material que ha explotado, y eso con la visión infrarroja lo podremos averiguar”.
Resultados y tiempo en órbita
Como ya vemos, los tiempos de la ciencia son un poco más largos que los de nuestra paciencia. “Desde el lanzamiento, hasta que produzca las primeras imágenes, estén calibradas adecuadamente y la transmisión de sus datos esté al 100%, van a pasar entre cuatro y seis meses”, advierte Mansilla. “Y se espera que dure entre cinco y 10 años. El Hubble funcionó más tiempo porque se lo pudo reactualizar, modernizar y hacerle reparaciones, pero este va a estar tan lejos que no hay posibilidades de hacerle arreglos”, explica.
“Siempre se proyectan los telescopios para un tiempo de vida y, si no sucede nada extraño, pueden seguir funcionando -indica Pintado-; pero sí, uno de los problemas de los telescopios actuales es que no se pueden arreglar. Hasta que no están en el lugar funcionando, no podemos adelantar nada. Uno no puede saber si todo va a funcionar porque a veces las condiciones son muy distintas a las de la tierra y quizá algo no anda como lo hace aquí. De hecho, nunca se definió cuál fue el problema del espejo del Hubble (una vez en el espacio, por un error de cálculo, hubo un defecto óptico). Si a este, por ejemplo, le falla el espejo, no hay forma de arreglarlo, habrá que solucionarlo digitalmente, con edición de imagen o algo por el estilo, porque no se va a poder ir a cambiar nada”.
Y es que, como dicen los expertos, hasta que el telescopio no esté en su lugar no podemos celebrar. Es una travesía que durará 14 días, en los que se desplegará toda la maquinaria en el espacio. Luego de eso, podremos saber más sobre el universo.